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El hombre prehistórico en el sur de España. Por Verner. Traducido por Vincent Jenkins. 2

No fue sino hasta tres años más tarde, durante la primavera de 1910, cuando en una expedición en la Serranía de Ronda, que descendí a una inmensa cueva, y allí vi por primera vez el guión misterioso y símbolos dibujados en las paredes donde reina la oscuridad eterna.  Más tarde me encontré con los dibujos de piedra maravillosa de caballos, bueyes, cabras y otros animales, así como de reptiles y de peces grandes,  que desde entonces han atraído mucho la atención a mí.  Huelga decir que no tardé en darme cuenta de que otro interés había entrado en mi vida, y que el alcance de mis exploraciones en este país salvaje había sido muy extendido por estos descubrimientos.  Porque yo estaba convencido de que con su ayuda podría esclarecer los misterios de las fortalezas de piedra, santuarios o templos y sepulcros que durante muchos años me desconcertaban. En 1912, el famoso experto en pinturas rupestres, el abate Henri Breuil, me hizo una visita de más de un mes, exploró a fondo mi cueva, ahora conocida como "La Pileta", y declaró que muchos de los dibujos de animales, peces y reptiles que examinó son,   sin duda, la obra del hombre paleolítico.  Naturalmente, el éxito de estos descubrimientos me hizo más agudo que nunca para continuar mis exploraciones, y describí al abate que las sierras estaban llenas de cavernas en la región de arenisca donde he vagado por muchos años.  Entonces aprendí de él que, si bien los dibujos del hombre prehistórico podría durar en la piedra caliza del Jurásico de la Serranía de Ronda, que era muy dudoso que las rocas, "degradadas" como le había descrito, en medio de las sierras de arenisca, donde yo vivía serían lo suficientemente resistente para soportar los estragos del clima durante los miles de años que han transcurrido desde la época de los dibujos.  De todos modos, el abate prometió venir de París a principios de 1913 y examinar algunas de las cuevas que habíamos discutido.  Lamentablemente, debido a la mala salud y a otras circunstancias imprevistas, no pude iniciar el trabajo de las cuevas en el invierno de 1912-1913, y la visita del abate se pospuso hasta 1914.  Pero estaba decidido, en cualquier caso, ya que me había dado cuenta de la existencia de tantas cuevas de dibujos en el suroeste de Andalucía, para tener una primera oportunidad de revisar algunos de los cientos de cuevas y para buscar a fondo los rastros del trabajo de los hombres prehistóricos, bien seguro de que, si mis esfuerzos fueron exitosos, podría contar con el abate Breuil, que vendría para dar a conocer al mundo mis descubrimientos.  En consecuencia, en el otoño de 1913 me encontré una vez más en las sierras de arenisca cerca de mi casa, y un día cabalgue hasta el La Segura, acompañado por un hombre de las sierras que ha sido mi compañero desde hace algunos años cuando subo acantilados y busco cuevas.  Al llegar al Tajo, me encontré con mi viejo amigo, el cabrero (Antonio Ordóñez  y  Concepción Moreno son los padres de Francisca y María, las niñas que aparecen guardando las cabras en la famosa  foto de Juan Cabré), en la fuente que mana al pie de la peña, que sin duda fue en tiempos pasados una de las razones de su ocupación por el hombre.  En respuesta a mi pregunta de siempre a tales gentes, si había visto algunos ingleses desde mi última visita, recibí la respuesta negativa de costumbre, pero con la particularidad de que algunos caballeros españoles habían estado en el lugar y había subido a las cavernas más arriba.  Fue con un cierto interés que identificó entre estos jóvenes un español a quien el abate Breuil había traído con él como fotógrafo cuando llegó en 1912 para explorar la gran caverna Pileta cerca de Ronda.  Dejamos a nuestros caballos en la choza al pie del acantilado, trepamos por la empinada cuesta de la peña y entramos en la primera de las cavernas.  En el momento en que llegué y miré alrededor vi delante de mí, ligeramente dibujado pero sin lugar a dudas en ocre rojo oscuro, las formas de hombres.  Cerca de ellos apareció el mismo símbolo misterioso, que puede compararse con un gran peine de melena, o la letra griega π duplicado y cuadruplicado, que constituyen una característica notable entre los dibujos del hombre paleolítico en Cueva de La Pileta.

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