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Las navidades en los cincuenta. Por Juan Manuel Gutiérrez Vidal


Me voy a situar en torno a 1955. Cogíamos los chiquillos y buscábamos o bien un pellejo de conejo o bien un cacho de trapo que buscábamos en el muladar. Luego cogíamos una lata vieja o una tinaja, la pandereta si había, sino un tabla y las latillas de cerveza y las achancábamos y se sujetaba con una puntilla. Y venga jaleo por todas las esquinas de Casas Viejas. Allá íbamos, Chispas, sus hermanos y medio Casas Viejas. Las madres hacían los mantecados, los rosquitos y las tortas. Los hijos las acompañábamos cuando las llevaban a la tahona de Adela Alforja o Miguel Guillén para meterlas en el horno. El día 24 todo el mundo iba a la misa del Gallo. Después de la misa nos íbamos a nuestras casas. Se hacían buñuelos, café o chocolate, cada uno lo que pudiera. En mi caso, nos íbamos casi toda la familia a la casa de los Espina. Allí pasábamos la Noche buena, con toda la servidumbre. En la cocina se hacían los buñuelos, el café, el chocolate y la copita de anís. Nosotros íbamos allí porque éramos familia del servicio que tenía la casa de esta familia Espina. Por aquella época podrían trabajar allí, ente ocho o nueve criadas. Paca Gutiérrez, Juana, la mujer de Pepe Pascual, Caridad de la Yeguada, la mujer de Panduro, Carmen Borrego, María la de Cobelo, Rosalía la palomita y Merecedes la costurera. Ese era el servicio de la casa Espina. Allí lo pasábamos muy bien, luego llegaba el fin de año. Pues si en casa había algún Manolo o Manuela íbamos a la casa de Alfonsito Pérez, hoy en día el Tato, y comprábamos medio litro de aguardiente o un cuarto, lo que se pudiera y se invitaba a todos los vecinos mas cercanos. Los mantecados los hacíamos en casa de Adela y acudían todos los vecinos. Nos sentíamos como reyes.

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