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El Doctor Thebussem. La realidad de la ficción. De Íñigo Ybarra Mencos. 1

El 22 de julio del 2010 se presentó en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Medina Sidonia la última obra de don Íñigo Ybarra Mencos, El Doctor Thebussem. La realidad de la ficción. Desde aquí recomendamos su lectura. Hay un pasaje en el libro que se refiere a su famosa cacería en la dehesa de Benaluz en Casas Viejas. Me ha parecido interesante traerla a este blog, aunque ya publique el episodio escrito por el propio Thebussem, esta versión de su descendiente me parece igualmente interesante para que podamos contemplar el mundo de la caza y del Casas Viejas de inicios del siglo XIX, así como la belleza del paisaje que progresivamente hemos ido destruyendo.
“Corría un tiempo en que Mariano, entre estudios y estudios, quemaba parte de sus energías juveniles en clase de equitación y en hacer sus primeros pinitos cinegéticos. No pasaba por mozo fuerte y atlético, pero así y todo la juventud le ofrecía suficiente fuerza como para embarcarlo animoso en tales disciplinas. El paso de los años le haría perder, primero, la afición a los caballos, después, a las escopetas, pero aún quedaba mucho para ello.
Los alrededores de Medina tenían la suerte de ser muy buenos para la caza. Extensas dehesas y tierras de monte bajo la rodeaban cobijando, entre sus jaras y lentiscos, importante número de conejos y perdices. Pero los comienzos en las lides venatorias siempre son frustrantes y disparatados para cualquier persona y, los de Mariano, como es natural, siguieron igual tónica. Su primera expedición cinegética la realizó en la cercana dehesa de Benaluz, finca de seiscientas hectáreas de tierras areniscas pobladas de acebuches, chaparros, jaras y palmitos; el lugar, cruzado por varios arroyos que formaban aquí y allá pequeñas lagunas encerradas entre zarzas y cañas, poseía tal vegetación que su espesura parecía ahogar a los árboles más robustos. En medio de la fragosidad se levantaba las sólidas ruinas de una torre árabe y, no lejos de ella, varias aceñas aprovechaban las corrientes de agua y ofrecían al paraje cierto aspecto civilizado.
A Mariano le habían regalado una ligera y excelente escopeta de pistón bellamente anordada de plata nielada, un arma moderna con los últimos adelantos de la época. Para estrenarla y bautizarse de cazador, organizó, en compañía de tres expertos de la comarca, unos días de caza en Benaluz. Él había tirado al blanco, y a algunos pajarillos en las inmediaciones del pueblo, nada serio a fin de cuentas, y ésta sería su primera incursión formal en el mundo venatorio. El grupo dejó el pueblo a lomos de sus cabalgaduras al atardecer, y pasó la noche cenando en el interior de la torre abandonada la frugal comida llevada en las alforjas; a eso, en tanto hablaban de experiencias pasadas, apareció el colono de un cercano molino quejándose de los estropicios causados en su gallinero por un grupo de zorras. Tanto porfió el hombre que los cazadores decidieron prestarle ayuda e ir tras las alimañas al día siguiente, para lo que se decidió apostarse en el lugar a las seis de la mañana. Mariano, sin embargo, no entraba en el juego:
-Es que será mejor que no vengas; comprende que entre la espesura del monte, y la cautela que hay que tener con las zorras, tú que eres novato puedes estropearnos la fiesta y no sacaremos nada en limpio.
Cuando llegó la hora señalada los cazadores se marcharon, y Mariano quedó solo y dormido en la torre. Al despertar, una vez desayunado restos de la cena anterior, como se aburriera y no aguantara la falta de compañía y conversación, cogió su escopeta, la cargó y fue a pasear por el contorno seguido de un chucho recién aparecido en el lugar.

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