En el padrón del Tajo

Me gustan que las fotos tengan fondo, que sean profundas, que hablen de muchas cosas, y , sobre todo, que sean naturales, espontáneas, que no haya ninguna posturita, que sean simplemente un instante capturado en papel, un poco de luz robada al tiempo infinito. La fotografía es de 1970 en la puerta de la ermita del Tajo, donde Miryam Mazo daba clase a los niños y niñas de este barrio y alrededores. A su lado con chaqueta azul aparece Titi Rojas, en el centro “Almorrana”, hijo de Carmen y a la izquierda con rebeca verde Paco Pavón. También están por ahí Pepi y Antonia que eran hermanas. El casarón central es de la familia de “los Gallinitos”, Fernado Espinosa Ladrón de Guevara y Dolores Cruz Cabañas, la casa de la derecha también. La choza la hizo Sebastián Pareja y “El Noventa”, luego “El Pova” la pasó a Casarón. Más tarde se transformó en casa y al lado un bar, el de Juan, epicentro en la actualidad del Tajo. Al fondo leña cortada dispuesta para ser vendida cuando haga falta o aparezca comprador. La foto la hace Mintz desde la puerta de la ermita escuela y el primer plano está ocupado por los niños que corren alegres para entrar en la escuela como les ha ordenado su maestra y al mismo tiempo la mayoría mira a la cámara, pero no por ello se detienen. Por esa fecha tenía yo ocho años y entraba al colegio en el orden y concierto que producía la maldita fila, mirando siempre de soslayo la fila distante e inalcanzable de las niñas. La fila imponía carácter militar e incluso, según el maestro, cantábamos el cara al sol con la camisa nueva. Aquí no hay lujos, ni riqueza, ni orden, pero hay magia y belleza, la que produce la libertad. Eso es lo mejor de la fotografía. También se ve el padrón, donde transcurre la acción de la foto, porque en ella domina el movimiento. No hay asfalto, no hay orden, no hay urbanización, en la escuela entra niños y niñas juntos, al contrario de lo que la “legislación vigente” ordenaba en pleno franquismo. Estamos en el Tajo, donde en el padrón de los arrieros la gente que llega al pueblo se hace su choza, a veces con permiso, otras veces sin ella. Es lo mismo que ha pasado siempre en Casas Viejas, pero si a principios de siglo los lugares de expansión para la gente humilde fueron la calle Medina (su parte alta) y la calle Nueva, a partir de los sesenta fue el Tajo y Paternilla. El Tajo era en los setenta el barrio que más se parecía al Casas Viejas de toda la vida. No había luz, no había agua, no había asfalto, ni urbanización, ni orden, ni control. La mayoría de la gente que vivía ahí era muy humilde y se dedicaban al campo y con especial énfasis a la economía depredadora (caza y recolección de frutos). A partir de los ochenta, se producen grandes transformaciones en el Tajo, la mayoría de las personas que viven en él se pasan a la construcción, las chozas se transforman en casas y a finales de siglo el Ayuntamiento urbaniza el barrio. Recientemente se están acometiendo obras que convertirán una de sus calles en un precioso y magnífico paseo terrestre y aéreo, porque el mar sigue estando lejos. Dice mi amigo José Enrique que en el Tajo se conserva los más auténtico de Casas Viejas. Yo estoy de acuerdo. Esta foto de niños y niñas, en medio del padrón sin asfaltar, entrando a una escuela que luego la convirtieron en ermita, luego en escuela y luego otra vez en ermita me parece profunda, diversa, natural, espontánea, libre, como El Tajo. ¡Que me gusta esta foto!

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