Los esforzados e idealistas de Casas Viejas. Por Pio Baroja

El sentir admiración y simpatía por lo exaltado, lo generoso y lo heroico, sea de un extremo social o de otro -más si mira el porvenir-, es con seguirdad lo que mi comunicante anónimo de la tarjeta postal considera consecuencia perniciosa y patológica de la odiosa literatura.
¡Qué se va a hacer! El Evangelio, el Romancero, las novelas de caballería, la literatura de cordel, Cervantes y Tolstoy influyen, aunque sea indirectamente, en la masa popular española más que los manifiestos del Comité del partido radical o del partido socialista.
Los políticos quieren creer que la vida y las ideas están ya todas encerradas en sus redomas; que ellos les han puesto la etiqueta definitiva y que no hay otras. "Este específico debe estar en la farmacia en el ojo del boticario, y este otro, en el cajón de las hierbas"
El pueblo no hace mucho caso de tales clasificaciones y marbetes; obra por intuición y siente su afecto u odio por lo que le impresiona, teniendo en cuenta más los motivos de obrar que los resultados.
Los españoles y España sienten todavía así: más humana que políticamente, más en hombre que en leguleyo; y aunque nuestros políticos palabreros y un poco mediocres crean que hechos como el de Casas Viejas de Medinasidonia, de violencia, desacreditan a los españoles ante el mundo, muchos creemos que les acreditan como esforzados y como idealistas.
Si para algunos esto es culpa de la literatura, para otros -entre los cuales me cuente- es parte de su gloria.


Ahora, yo, si fuera andaluz y anarquista, pugnaría porque en los Sindicatos de la CNT quitaran de las paredes los retratos de algunos viejos barbudos vulgares, dogmáticos y pedestres, y pusieran, en cambio, la efigie de la muchacha anarquista, desconocida hasta hoy, en Casas Viejas.
Como los países militaristas tienen el culto al soldado desconocido, los libertarios
podrían tener el culto de la anarquista desconocida. Esta andaluza, admirable por lo brava, tiene el derecho de entrar en el patrón revolucionario clásico.
Pio Baroja

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