Una mañana con Ángeles Lago Estudillo 1

Este verano volvió a su pueblo Ángeles Lago Estudillo, hija de Fernando Lago Gutiérrez y hermana de Manuela y tía de Manuela Lago López que fue quien hizo de anfitriona. Hablamos de muchas cosas. Su padre era muy buen cazador y como tal se ganaba la vida para él y para su familia. A veces había problemas con los guardas. Una vez el guarda de Majaverde le quería quitar dos liebres que traía y le dispararon, luego habló con el mismísimo dueño de la finca. Con la misma ilusión y fuerza que una cría de cinco años lo hace sobre cualquier padre, Ángeles me cuenta el episodio de los Peluseros. Parece ser que una cuadrilla de hombres que buscaban pelusas en los cardos para ser utilizadas luego para cuajar la leche en el queso o para hacer las brochas de afeitar, quedaron aislados cerca del río Barbate. Las inundaciones habían sido tan rápidas y fuertes que no habían tenido tiempo de ponerse a salvo. Desde Casas Viejas enterados de la situación fueron a un carpintero para que les improvisará una balsa a modo de parihuelas. Fernando Lago y otro hombre cuyo nombre no recuerda Ángeles se adentraron en las tierras anegadas y rescataron a esos hombres. Incluso recuerda parte de una copla que le hizo Estebita, el zapatero de la Yeguada:
Junio de 1930 inundaciones tremendas
Se veían los haces de habas por encima de las huertas

Hombres, mujeres niños, todos se condolecían
de que los peluseros no salían

hasta que Casares y sus compañeros
fueron a por ellos

...
Eduardo de Guzmán cuenta en la Tierra los anteriores episodios: "Fernado Lago Gutiérrez es un hombre alto y fuerte. Valiente, decidido, impetuoso. El mejor tirador del pueblo; el más valiente también. Libertario de hace muchos años. Desde su juventud un tanto lejana ya.
Más de una vez Fernando ha chocado con caciques y guardias. Cuando el hambre le aprieta y el trabajo falta, cuando en su casa no hay pan, se echa la escopeta al hombre y se va de caza. Donde sea; donde encuentre la liebre que necesita para que su hija coma, para no morir él mismo de debilidad.
En cierta ocasión fue a la cárcel por comer un conejo. En otra luchó con un guarda. Había matado una liebre en medio de un camino que cruzaba las dehesas del marqués de Tamarón. Acudió un hombre, fusil en mano. Discutieron. El guarda se echó la escopeta a la cara y disparó; la bala rozó la cabeza de Fernando que ni siquiera se inmutó. El agresor, al fallar el tiro echó a correr. Lago levantó lentamente la escopeta y apuntó al que huía. No le hubiera fallado el tiro; pero no disparó. Perdóno, generoso, la vida a quien se la había querido quitar. Llegó entonces el marqués. El hambriento y el harto charlaron un momento, de igual a igual. El noble quedó asombrado ante la bravura serena, ante la grandeza de alma del campesino. Llegó a ofrecerle dinero; pero Fernando, entero, lo rechazó. Tenía ya una liebre para comer, le sobraba todo lo demás.
En otra ocasión se inundó la vega. Una familia pasó la noche en lo alto de su misera choza. Por la mañana varios campesinos se lanzaron en una balsa a intentar salvarlos. Entre ellos iba Fernando Lago. La balsa volcó, y los labriegos se salvaron, dificultosamente, a nado. Los de la saca se creyeron perdidos. Entonces Fernando tomó una barquichuela y se lanzó audazmente sobre la corriente impetuosa. Diez, cien veces, estuvo a punto de zozobrar la lancha, de ahogarse Fernando. Pero siguió impretérito hacia adelante y salvó a los aterrados habitantes de la casucha..."

En la fotografía Fernando Lago

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