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El Doctor Thebussem. La realidad de la ficción. De Íñigo Ybarra Mencos. Y 2

Pasados unos quince o veinte minutos, cuando únicamente se fijaba en la belleza salvaje del entorno, acaso sin reparar en que llevaba escopeta y pero, éste dio un ladrido agudo, estridente y alegre, corrió en derredor de una zarza, dio con gran ligereza un salto sobre ella, y volvió trayendo un conejo en la boca. El circunstancial compañero resultó ser un maravilloso y efectivo cazador; en apenas una hora, uno tras otro y siempre con la misma rapidez y alegría, logró atrapar tres más.
Dueño Mariana de las cuatro piezas se le ocurrió apropiarse de los honores de la caza. Lo primero fue escudriñar los alrededores y cerciorarse de no ser visto por nadie, a continuación, sin pensar un momento en la ingratitud de su acto, de tres certeras pedradas espantó al perro. Su plan, muiy sencillo, consistía en dar un tiro a cada conejo y figurar que los mataron sus disparos, pero el proyecto resultó rápidamente desechado al recordar que sólo traía la munición cargada. Dudó un instante, pero su rápida e ingeniosa mantente pronto encontró alternativa. Ni corto ni perezoso colocó los ciatro gazapso dobre la superficie de una roca sobresalente tres palmos de tierra, los dispuso de forma alterna, es decir, situando la cabeza de uno junto a las patas de otro, y se alejó diez paso del lugar, los justos para poder apoyar la escopeta en una rama, apuntar y tirar. Con el disparo los animales desaparecieron como por ensalmo, y hasta pensó Mariano que huyeron a sus madrigueras, pero lo cierto es que se hallaban desperdigados por el suelo. Los metió rápido en el zurrón, volvió a registrar los alrededores para convencerse de su soledad, y a paso ligero regresó a la torre. Ya habían vuelto triunfantes de su empresa los compañeros, y la sorpresa no tardó en reflejarse en sus rostros al tiempo que Mariano sacaba del zurrón sus trofeos. Aquellos experimentados cazadores examinaron las piezas con detenimiento, como forenses en busca de la prueba del delito; a uno de los conejos le faltaba media cabeza, a otro los cuartos traseros, al tercero no le encontraban señal alguna del tiro y, el último, sólo tenía rozaduras de plomo en las orejas. Mariano, atosigado a preguntas, respondía cautelosamente en un intento de salir del embrollo, hasta que al fin los inquisidores emitieron sentencia:
-Estos dos conejos los has tirado a boca de cañon, y estos otros dos a larguísima distancia. Y está claro que el golpe de un grano de munición casi frío puede terminar con la vida de un conejo sin dejarle señal ni nada.
Era un episodio de caza más, uno de tantos en el fementido universo cinegético y, sin embargo, se muestra en su desarrollo, en los paso seguidos por Mariano, el espíritu socarrón y engañoso que iba adquiriendo su personalidad, la forma de ser de un joven dispuesto a disfrutar de sus ocurrencias sin dañar a sus semejantes, tratando la vida como un juego de equívocos y mixtificaciones".
La foto es de la inmediaciones de la Torre de Benalup en 1993. El fotografo Paco Cobi.

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