El sentido de los homenajes

Agradezco mucho a Antonia Jesus Pavón que utilice mi blog para recordarle a sus vecinos que hay una misa en memoria de su abuela Antonia Jordán Casas, recientemente fallecida. No conocí directamente a Antonia, pero si a muchos que vivieron con ella o leí todo lo que cayó en mis manos que ella había dicho. Me impactó aquella frase de que los escritos no podían recoger nunca todo lo que ella y los suyos habían sufrido. Había tanta madurez, tanta realidad, tanta historia detrás de esa frase que se convirtió en un referente para mí. Ya escribí que tenía la secreta y vaga esperanza de que se le hiciera algún tipo de homenaje antes de que se muriera y no fue así. En esta semana que los premios y las condecoraciones han copado la actualidad de la zona y que próximante también habrá noticias sobre otras condecoraciones me ha parecido oportuno reflexionar sobre el sentido de los homenajes. Dentro de nuestro día a día resulta inevitable toparnos con personas, objetos o demostraciones que realmente nos afectan por lo que representan o porque en el momento preciso en el que aparecen en nuestras vidas se convierten en referentes, más allá de lo simplemente cotidiano o urgente. En realidad, si lo pensamos detenidamente, nos daremos cuenta de que estamos haciendo homenajes todos los días, al citar a alguien que admiramos o al recordar tal o cual cuestión. Estos homenajes individuales constituyen un intento de lucha contra el olvido, ya que al dejar de recordar dejamos los sucesos y personas expuestos al desorden de la información, abocados al desconcertante mundo onírico, convirtiéndose simplemente en ruido.
Algo parecido ocurre con los homenajes públicos. Toda aquella persona que recibe un homenaje tiene a priori merecimiento para ello, y más si cabe, si la conozco o es amiga mía. Pero bajo ese punto de vista los homenajes perderían valor y sentido, se relativizarían demasiado. La cuestión central estriban en el fin de ese homenaje. Se puede buscar premiar una labor que ha concluido, caso ejemplo de los homenajes a los jubilados, o se puede buscar asegurarse al homenajeado y su gente a una facción determinada, caso de los políticos, o se pretende perpetuar la memoria del que se ha muerto mediante una misa de requiem como siempre se ha hecho en la cultura católica o intentar luchar contra el olvido, la injusticia y la desmemoria, que es la línea que yo defiendo en esta entrada. No hace mucho un socialista de pro, que no pongo su nombre para que siga siendo mi amigo, me comentaba que no estaba de acuerdo con la tendencia reciente de homenajear a triunfadores, que en este pueblo había muchos perdedores y que un gobierno como este no se debía olvidar de ellos. Por cuestiones biológicas estamos asistiendo a los últimos momentos de los miembros de una generación de casasviejeños perdedores por antonomasia. Las circunstancias políticas anteriores han hecho que no se dieran las condiciones necesarias para que homenajeándolas dejarán de ser ruido y se convirtieran en memoria. Es lo que Miguel Sen escribió en su novela la Memoria Muda. Estamos en el 2010, en plena democracia y quedan ya muy pocas personas representantes de aquella generación. Antonia Jordán, Catalina Silva y Pedro Moya eran para mí tres ejemplos en los que se plasmaba la necesidad de cimentar nuestras memorias, de homenajear para que el griterio se convirtiera en palabra clara y diafana. La primera se ha muerto recientemente y los familiares se agarran al rito católico tradicional para recordar su memoria, como siempre se ha hecho en esta tierra. El que suscribe va a asistir con el ánimo decaído del que une al sentimiento por la muerte de una persona, la constatación de que se ha perdido otra ocasión para ser justos con nosotros
mismos. Posiblemente ocurra lo mismo con los otros dos ejemplos puestos, mientras que las administraciones dedican los homenajes a otros con más boato. Hoy si cabe, me gusta más la cabecera de mi blog que dice: "Cuando se huye y uno deja todo a sus espaldas, el único tesoro que podemos llevarnos con nosotros es la memoria. Memoria de nuestros orígenes, de nuestras raíces, de nuestra historia ancestral. Solo la memoria puede permitirnos renacer de la nada. No importa dónde, no importa cuándo, pero si conservamos el recuerdo de nuestra pasada grandeza y de los motivos por los que la hemos perdido, resurgiremos". Antonia, Catalina y Pedro (muchos más, pero valgan ellos como ejemplo) no perdieron nunca su memoria, no renunciaron nunca a sus orígenes, siempre tuvieron presente sus raíces y fueron conscientes de su historia ancestral. Aunque hubo etapass en sus vidas que la memoria fue muda, cuando renació cierta libertad reivindicaron su memoria ante quien los quiso escuchar. Siempre lucharon contra la desmemoria y el olvido. De las administraciones, por ahora, no se puede decir lo mismo.

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