Mi calle San Juan de Fran Sánchez 1

Empiezo hoy una serie sobre la calle San Juan, escrita por Fran Sánchez. Lo mismo que el pregón de Santo aparecieron en aquel hermoso proyecto que se llamó revista Parthenón.
Mi calle San Juan nace en la plaza Nuestra Señora del Socorro y llega hasta la tienda de Andreíta Román (lo demás no es calle, es carretera). Justo ahora, domingo de una mañana de la que se ha apoderado la niebla, estoy sentado en el banco de la alameda más cercano a la escalera, dando la espalda a la casa del veterinario y mirando hacia el frente, intentando distinguir entre la algarabía al niño que fui, al niño que pasea y alimenta a lo largo de esa calle sus recuerdos.
Miran los ojos del individuo que me habita, a un niño que va a cortarse el pelo - "con la raya a la izquierda, por favor"- a la barbería de los hermanos Bancalero, que sale de allí con una patilla más corta que otra y con un pequeño corte en el lóbulo de una oreja. Y que aun así, un poco dolorido, decide volver la siguiente ocasión para disfrutar de la conversación de los mayores, los afeitados de barba con navaja, la espuma conseguida con brocha y jabón, la radio encendida a todas horas, la tele en blanco y negro...Ahora hay un expositor sin muebles en el que sólo asoma un cartel que dice: "prohibido fijar carteles"
Observan estos ojos habituados al insomnio, a un niño que durante varios veranos estuvo as0mándose al chiringuito en el que jugaban al dominó, entre otros, su padre y el tío Ricardo -de Zaragoza, que tenía una esposa que le prohibía comer carne-. Hace muchos años que desapareció el chiringo. Ahora hay un local que igual sirve para bingo que para hacer buñuelos con fines benéficos.
Ven estos ojos dolidos de dioptrías, como las mujeres que suben del baratillo -que por entonces daba la vuelta a la Casa de la Cultura -por la carretera del Castaño, hacen malabarismos para no caer con la compra al suelo de adoquines cunado esquivan la marcha, en doble sentido, de dos coches que se montan en las aceras y difícilmente pasan sin rozar las paredes. Años después la calle San Juan pasaría a ser unidireccional. Ahora es peatonal -una gozada- y el único peligro existente es que los niños se lleven por delante un día de estos, con sus patines y bicicletas a toda leche haciendo el caballito, a más de un viejo. (Aprovecho la ocasión: el ayuntamiento la puede limpiar más a menudo, que tiene muchos chicles pegados y se afea. Y nosotros no ensuciarla tanto, claro.)
Mi calle San Juan tiene además un cine, el Cine Román, en el que se pasaban películas en blanco y negro; como aquella del Zorro a la que Manolo el Guardita llevó a mi amigo Juanma el Chico, cuando los dos eran vecinos y regordetes (lo siguen siendo). Tenía aquel cine en la entrada un largo ventanal por el que Ant0ñita la Carne nos despachaba las chucherías que después degustaríamos. Recuerdo entrar en su tienda, junto al cine, y ver a mi derecha el mostrador tras el que estaba la mesa con la copita de picón; y a Juan Román, un hombre alto que para terminar de contemplar había que mirar al cielo. Y a la tía Antonia -con sus rizos blancos, como si sólo nevara sobre su cabeza-, su hija Isabelita, Paquita la del lunar, Carmen...
Las fotos son de Mintz

Comentarios

choripub ha dicho que…
Salus, arrelga el telclado que ccreo qeu tiene el msimo fallo que le mio, je je. Saludos. Fran unico.

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