La educación de antes

Hay mucha gente que cree que la historia es un progresivo avance hacia el progreso, que todo lo posterior supera a lo anterior, que el progreso es el hilo común de la historia de la humanidad. Yo no estoy de acuerdo, y siempre pongo el ejemplo palpable del primer franquismo. He ejemplificado muchas veces en la educación y hoy se me ha ocurrido escribirlo en forma de entrada para el blog. Como otra tantas cosas, hasta bien entrada la década de los sesenta (en Benalup a finales de los noventa con la creación del IES Casas Viejas en 1987) no se generalizó la educación para las clases populares. Históricamente la cultura oficial solo estaba en manos de los poderosos. En la primera mitad del siglo XX la educación seguía siendo un bien de consumo solo para los privilegiados, pero estaban empezando a cambiar las cosas. Mintz, en los anarquista de Casas Viejas, lo cuenta de la siguiente forma: “Los hijos de las familias de campesinos empezaban así a trabajar en edad temprana, encargándose generalmente de vigilar el ganado. Aquellos cuyas circunstancias les obligaban a trabajar fuera del hogar tendían a ser explotados, recibiendo faenas pesadas y teniendo que trabajar horas extras. De este modo, no tenían tiempo para ir a la escuela, por lo que los hijos de los campesinos en raras ocasiones aprendían a leer y escribir hasta que su edad le permitía unirse al centro anarquista”. Tenemos documentado como la inmensa mayoría de los “campesinos con ideas” le daban a la educación una gran importancia, al considerarla el único medio de conseguir la libertad, la razón última de la existencia. En la familia de los Pavones, de los Silva, de los Seisdedos, de los Lago… el aprender a leer y escribir era una necesidad más intensa que en otras familias de jornaleros que estaban más alejadas de la ideología anarquista. Ya hemos hablado muchas veces como se da la paradoja de que los padres eran más cultos que los hijos, pues con la llegada del franquismo esta tendencia se borró de la faz de la tierra. Luego vendrían los años sesenta, el desarrollismo, la generalización de la enseñaza general básica y la educación volvió a las familias jornaleras. Pero me parece que es un hecho demostrable, que la década de los cuarenta y los cincuenta resultó un retroceso en la educación popular. Conozco de hace tiempo a Manoli Lago y Juan Pérez Silva, los dos fruto de ese tiempo y que han llegado al mundo de los libros más tarde de lo que a ellos le hubiera gustado. Sin embargo, tienen una inmensa afición por la recuperación de la memoria histórica, un gusto por recuperar y poner en valor el pasado… como si tuvieran urgencia en recuperar el tiempo perdido o más bien robado. Puedo dar fe de las facilidades y amabilidad con las que Juan trata a los alumnos cuando van a su casa a preguntarle algo de los Sucesos o las colas que se han formado en la casa de Manoli Lago preguntando cosas sobre las chozas en este pueblo, porque Manoli los trata de maravilla. Alguien puede pensar que es lógico siendo familiares de María Silva o Manolita Lago. Pero yo creo que es algo más profundo, no creo que sea una casualidad, que los dos, desde presupuestos culturales oficiales mínimos, sean unos consumados apasionados y expertos de la arqueología prehistórica. Me parece más bien que de lo que se trata es de un precioso y digno rescoldo.

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